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CasandraLM el 08/04/2010 - 16:51 nos informa:

Relato ganador del escritor valdemoreño Ángel Utrillas

Popularidad: lecturas 464 y comentarios 2



Ayer os anunciabamos que Ángel Utrillas resultó tercero en el concurso de relatos Miguel Hernández, por ello hoy os traemos su relato:

ESCRÍBEME EL MAR

No sé si me duele más el corazón o la espalda, no sé si se me parte el alma o son los huesos, después de pasar todo el día cavando trincheras es normal tener el cuerpo baldado, después de dos años de guerra civil es lógico tener un tanto desubicada la razón.

Y qué decir de los cambios de temperatura tan extremos, del siniestro frío soportado en la batalla de Teruel desde Diciembre hasta Febrero, al sofocante calor de Agosto que venimos padeciendo en la zona centro.

Y aquí me hallo, igual que todos mis compatriotas, inmerso en una contienda que parece se va eternizar, cavando trincheras desde poco después de amanecer hasta poco antes del ocaso. Por hoy, la jornada ha terminado para el regimiento de zapadores, ahora los componentes de mi reducido destacamento nos dirigimos al Juncarejo, un colegio de Valdemoro convertido en hospital, que nos sirve de alojamiento, allí, además del merecido descanso tengo unos momentos para escribir, y para disfrutar de la presencia de algunos niños, que han quedado allí por hallarse heridos o enfermos, en espera de ser desalojados a la zona de Levante cuando sus males y nuestra guerra lo permitan.

Apenas bajo del camión, sin apenas tiempo de soltar el fusil y la munición, me asalta, como todas las tardes, la misma niña. Tendrá doce, tal vez trece, quizá once años, no lo sé precisar, me aguarda para llevarme a ver el mar.

_ Vamos Miguel- me dice mientras desliza su mano tibia en mi ruda mano de escavador de zanjas-, vamos a ver el mar.

Después de todo el día con el pico y la pala bajo un sol de justicia, no es que me apetezca demasiado dar un largo paseo, hasta llegar a los restos de la ermita de Santiago y allí sentarnos junto al arroyo de la Cañada para hablar del mar. Sin embargo no me puedo negar, ¿cómo negar una pequeña distracción, tal vez su único juego, a una niña que tiene que soportar una guerra y que aguarda todo el día anhelando ese instante de asueto? Por el camino me cuenta que ha ayudado a las enfermeras a efectuar alguna cura a los heridos menos graves y que también ha recitado, de memoria y con gran éxito, algunos de mis poemas, a los enfermos. Ella ya está recuperada de sus heridas, o al menos ya está hecho todo cuanto se puede hacer, pues arrastra secuelas que perdurarán toda su vida. En el próximo convoy que parta hacia zonas menos afectadas por el conflicto bélico se marchará y nunca más volveré a verla. Jamás volveré a ver el mar junto a su inocencia infantil.

_ Recítame lo que has escrito hoy- dice con una sonrisa.

_ Pero si no he tenido tiempo mi niña, hoy no he podido, todavía, escribir nada de nada.

_ Estoy segura de que algo tienes en la cabeza, algunos versos te han estado rondando, lo sé, tú siempre piensas en poemas.

_ Bueno- no me queda más remedio que asentir pues además tiene razón, no lo he escrito pero algunos versos rondan mi cabeza-. No está terminado, a ver que te parece, lo he pensado mientras me acordaba de ti.

_ Seguro que es bonito, venga Miguel recita ese nuevo poema.

_ Son sólo seis versos, ya te digo que no está terminado, dice así:

Cerca del agua te quiero llevar
porque tu arrullo trascienda del mar.

Cerca del agua te quiero tener
porque te aliente su vívido ser.

Cerca del agua te quiero sentir
porque la espuma te enseñe a reír.

_ Es precioso, Miguel, lo tienes que terminar antes de dormir y mañana me lo tienes que recitar hasta que yo lo aprenda.

Llegamos a la pequeña cima que se alza entre los dos arroyos, me siento a la sombra de un olivo, una ligera brisa hace agradable la puesta de sol.

_ Mira Miguel qué bonito está hoy el mar, desde aquí puedo oír las olas, rompen con fuerza contra la arena, y rechina arañándola mientras la arrastra hacia las profundidades, y se retira, y de nuevo el susurro del agua avanza convirtiéndose en rumor y en estruendo al tropezarse otra vez con la playa, y así una vez y otra, una ola y otra. Miguel ¿acaso tú no las oyes?

_ Claro que las oigo, es imposible no escuchar la fuerza de ese oleaje incesante.

_ Mira Miguel qué bien huele hoy el mar, desde aquí percibo su aroma, huele a sal, a pescado fresco, a agua en libertad, a espuma viva y a cresta de ola coronada por las barcas. Miguel ¿acaso tú no hueles el mar?

_ Sí, lo huelo, cómo no respirar esos aromas que la suave brisa marina nos acerca y nos regala, pues claro que puedo olerlo.

_ Mira Miguel qué bonito es el mar, desde aquí se disfruta ese color azul y verde y blanco, el reflejo del sol que se va a esconder ya en él, le da ese tono magenta, la gran bola de fuego se va a zambullir en las aguas que apagarán su fuerza hasta mañana. ¿Sientes los últimos rayos del sol en tu mejilla derecha?

_ Sí, a pesar de la guerra el sol sigue saliendo por el Este y se pone por el Oeste. A la grandeza del sol y a la sinceridad del mar, la crueldad de la guerra no les afecta, éste es un mar de vida, un océano de inocencia, un mar lleno de puertos de esperanza y de nuevos amaneceres.

_ Pero ven Miguel, no te quedes ahí sentado, vamos a acercarnos más, mucho más, hasta poder rozar esa arena fina y cálida que tanto brilla.

Nos tumbamos en la arena para que el mar nos alcanzara, aguardamos allí donde moría su oleaje escapando de su caricia en el último suspiro, reímos y olvidamos todo lo que no fuera alegría, lo que no fuera mar. Y vimos, y vivimos el mar hasta la hora de regresar.

Y en el camino de vuelta hacia el colegio situado al sur del pueblo me obligó a prometer que mañana regresaríamos a ver el mar. Aferró fuerte mi mano, como si la ilusión se convirtiera en miedo y me dijo.

_ Dame fuerte tu mano Miguel, que “mis ojos sin tus ojos no son ojos”.

En efecto aquella muchacha precisaba de mis ojos para regresar, ella no tenía.

La explosión de una mina se los robo, entre otras lesiones, le había causado ceguera total y permanente. No había podido ver el mar y no sólo por su ceguera, también porque el término municipal de Valdemoro se encuentra a seiscientos kilómetros de cualquier playa. Lo que ella guardaba en sus ojos, en sus oídos, en su nariz y en su corazón era el recuerdo del mar, la necesidad de un océano de inocencia y libertad.

Llegó antes el día en que mi regimiento terminó el trabajo y emprendió la marcha, que aquél en que los niños del colegio del Juncarejo debían partir hacia tierras más seguras, al despedirme de mi querida niña ciega ella pronunció frases que nunca se borraron de mi mente.

_ Miguel, tú que eres poeta, escríbeme el mar. Escríbeme el mar todos los días para que yo lo aprenda y lo pueda recitar todas las noches.

_ Veo el mar en tus ojos chiquilla.

_ Lleva siempre los ojos bien abiertos Miguel, hazlo por mí, todo lo que ocurra, todo lo que veas, me lo tienes que escribir, me lo tienes que contar, nunca cierres los ojos, llévalos siempre bien abiertos aunque te ardan, que nadie apague tus versos ni cierre tus ojos.


Nos fuimos con la guerra a otra parte, alzó su mano y me dijo adiós hasta que el camión se perdió en el bosque, me despidió como si de verdad hubiera podido verme, como si yo fuera parte de su mar.

Y guardé por mucho tiempo su imagen en el recuerdo y sus frases en el alma y le hice caso, siempre mantuve los ojos abiertos aunque en ocasiones me quemaban y siempre escribí los sentimientos que me producía cuanto veía. Allí mismo, sin llegar a salir de los muros que cerraban la finca del colegio me surgieron tres versos que me faltaban para acabar un soneto que titulé “Ojos, no son ojos”

_ Los olores persigo de tu viento

y la olvidada imagen de tu huella

que en ti principia, amor, y en mí termina- recité mientras los escribía.




Yo entonces no lo sabía, ¡qué dulce es la ignorancia! Y sin embargo, me restaba poco tiempo de vida a pesar de mi juventud. Y dirán después aquellos que supervivan, que al morir fueron incapaces de cerrar mis ojos, tal empeño tendré yo en mantenerlos abiertos que ni la muerte conseguirá entornar mis párpados. No obstante, lo que nunca dirán aquellos que me conocieron, me vieron y me sobrevivieron, porque nadie sabrá nunca mi secreto, es que unos momentos antes de producirse mi fallecimiento, en el preciso instante que las fuerzas comiencen a fallarme y tiemble el lápiz en mi mano, una bruma suave me traerá una voz y oiré un poema que habla del mar, de la libertad y de la inocencia.

La última niebla me traerá la voz dulce de mi chiquilla que sin tener ojos veía el mar.

La postrera bruma de la vida me traerá la melodiosa voz de mi chiquilla ciega recitando su mar.
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Invitado el 08/04/2010 - 21:45 nos informa:

Que preciosidad de relato !!

Me encanta...Lo he disfrutado mucho.

Mi más sincera felicitación.

Una narrativa impecable, y una trama conmovedora.

Paquita Dipego


Invitado el 08/04/2010 - 21:51 nos informa:

Anonymous Escribió: [Ver Mensaje]
Que preciosidad de relato !!

Me encanta...Lo he disfrutado mucho.

Mi más sincera felicitación.

Una narrativa impecable, y una trama conmovedora.

Paquita Dipego





Pues te agradezco la lectura y el comentario Paquita, muchas gracias porque con vuestros comentarios suplis la carencia de otros premios y al final vuestra opinión es mi mejor galardón.
Un abrazo.
Ángel.

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